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      Mi Hermano Luis Porras

      -Silvio Mora-

       

      Víspera de semana santa. Marzo de 2021. Marzo, que no acostumbra, lloró. No hicieron falta Sixto con sus chicheros, ni curas con letanías ni cantos gregorianos. En sue?os del Recuerdo la hierba era tan dulce como la miel, y el agua que caía sabía a chocolate. Una que otra lágrima asomaba en las mejías. Luisito cerró sus ojos y abrió su corazón. Hablo de mi hermano Luis Eduardo Porras Luna, aquel que en las tardes invernales llegaba “rempapado” por las intensas lluvias, desde la finquita “La Bre?a” con abundante cafeto y cítricos.

       

      Mi hermandad y alegría con el profesor Luis Eduardo Porras Luna no la compré en tiendas balurdes ni en mercados de cuchitril. No me la vendieron mercaderes con parches en el ojo perseguidos por guardianes. Fue fruto abonado y cosechado por nosotros mismos. Ya maduros en las escuelas compartimos los sue?os y esfuerzos de la ni?ez… porque de ellos brota la alegría, la fe y la paz.

       

      Acordamos extender el “Olivo de la paz” para ser más alegres. Los escolares, maestros y padres debíamos convertir la vida en risa, carcajadas y satisfacción. Nos comprometimos a salvar ni?os y ni?as a través de la educación, como lo sugiere Papa Francisco en su versión global “Escuela ocurrente”. Queríamos abrazarnos, saltar de satisfacción, desterrar la avaricia y contar al vecino lo feliz que éramos… pero la UNESCO nos asustó: “Cada quince segundos un ni?o muere de hambre en el planeta”.

       

      Pero entonces ya éramos dos “COMEJENES” mordiendo el símbolo del proyecto “Olivo de la paz”, cuyo aceite es para ungir papas, reyes, santos y cristianos. El olivo representa la paz en todas las religiones y culturas. Pero Luis y yo teníamos la misión de transformar al mundo en una sociedad integrada y en paz. Sabíamos que NO solo es responsabilidad de los gobiernos, los políticos, los medios de comunicación, los escritores, los deportistas y los poetas.

       

      Una luz ma?anera y preciosa nos alumbraba a todos los seiscientos estudiantes normalistas. Hubo quejas de algunos necios que entre dientes protestaban por el sabroso frío y la espléndida neblina que nos hacía tiritar. Estábamos sobre una planicie de cemento, asfalto y grama donde se levantaba el edificio de la Escuela Normal de Varones “Franklin D. Roosevelt” en Jinotepe.

       

      Cuando nos conocimos él cursaba tercer a?o, yo en primero era 1960. Nuestras manos siempre fueron cálidas y hermanables. Nunca murieron ni se desvanecieron. Fuimos maestros y periodistas. Siempre tuvimos una vida agitada y luchadora. Sabíamos que Somoza hirió de gravedad al periodismo y el magisterio. Anduvimos en el periodismo de CATACUMBAS en las iglesias, las escuelas y patios baldíos para cantar la verdad de las informaciones. Un día nos llamó a Juan Alberto Henríquez, David Mcfields, Juancito Molina y Ricardo Trejos, para manejar con buen suceso el tabloide “TRIBUNA DEL MAGISTERIO”.

       

      Qué bonito se siente reconocer que Wichito me brindó comida y abrigo. Como NO voy a quererlo jodido!!. Era alto, flaco, callado y alegre. En la Escuela Normal fue la primera base titular, ocupaba siempre el cuarto bate. Un día de tantos me vendió un uniforme de los Yankees de Nueva York: camisa, pantalón y medias con talla para el hombre hulk. Yo parecía el payaso “Miguelin del circo Firuliche”; pero solo le pagué la mitad del precio… haciendo bromas aún me cobraba, el “sinpena”.

       

      En enero de 1969 fuimos electos en el Comité Ejecutivo de la Federación Sindical de Maestros de Nicaragua. Luisito fue Secretario de Relaciones Internacionales. Fuimos a la huelga por la dignificación del magisterio, nos llamó el gobierno a negociar. En aquel entonces Anastasio Somoza abrió las puertas de un salón. En un gran comedor con sillas antiguas, estaba el Gabinete de Gobierno, el Estado Mayor GN y dirigentes somocistas. Fueron 20 largas y duras horas. Terminaron las amenazas para llegar con halagos. A “Wichito” le ofreció un buen cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores… “Sos un tonto”, se oyó decir a don Tacho.

       

      Luisito alzó vuelo como pájaro sin due?o. Partía el aire en mil pedazos con sus alas luminosas. Su semblante siempre sereno, alegre y agradable. Con sus sandalias aladas que dio vida a la GRAN AULA VERDE de ma?anita friolenta en Jinotepe… aquella ciudad con traje gris que siempre busca sus manos limpias para besarlas.

       

      diseno@bolsadenoticias.com.ni

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